Der Kommissar

Los veranos de Ibiza son, a estas alturas, mundialmente conocidos gracias entre muchas otras cosas a las fiestas organizadas por las grandes discotecas, que cada año presentan unos carteles de auténtico superlujo. Pero con tanta gente con ganas de disfrutar de las tardes y las noches de esa época especial del año, hace falta alguien muy preparado para actuar cuando se producen altercados, y Helmut Schneider es uno de esos hombres. Nacido en Múnich en 1975 e hijo de un diplomático alemán, llegó a Barcelona con sus padres a la edad de doce años. Allí trabajó durante un tiempo hasta que en 2009, mientras hacía el seguimiento de una persona para un contacto suyo, visitó la isla por primera vez. Al año siguiente decidió que ya tenía bastante de aquel trabajo, escondiéndose todo el día para que no se fijaran en él; se sacó el título de guardia de seguridad y, gracias a algunos contactos, se mudó a Ibiza para trabajar de “segurata” en las discotecas. Medía metro ochenta y cinco y había ganado músculo durante la última década con lo que no dudaron en contratarle, imponía respeto nada más verlo. Ahora llevaba ya cinco años allí, y durante ese tiempo algún compañero gracioso le bautizó como “Der Kommissar” porque, según decía, se parecía al protagonista de la famosa serie alemana de finales de los ’60.

En el trabajo vestía con traje y corbata hechos a medida, siempre iba a comprarlos a la misma tienda y no tenía por qué cambiar porque, como buen alemán, era muy metódico. En esa tienda trabajaba Antonia, con quien tenia buena confianza, pero siempre manteniendo una distancia como cliente que era. Hasta que un jueves por la mañana ella rompió esas normas, no escritas, mientras le mostraba unas telas para el próximo traje.

–¿Puedo pedirle un favor?

–No sé, supongo. ¿De qué se trata?

–Mire, estoy buscando unas entradas para la sesión del lunes, la de ese DJ francés, pero veo que están agotadas.

–Si, es muy difícil, ya sabes. Se agotan rápido con el éxito que tiene.

–Es que quiero un par de entradas, viene una amiga que el miércoles será su cumple, y me gustaría poder regalarle una, es super fan de su música, y la otra sería para mí sabe –insistió, con un tono de súplica–, será una salida de chicas.

Estuvieron un rato hablando sobre ello, Antonia era consciente de la dificultad, pero si podían ser para la zona VIP sería genial, un regalo a la altura de la amistad que mantenía con María.

–Bueno, déjame que pregunte un poco, ahora es temprano –eran las diez de la mañana–, me paso el sábado y te digo algo.

Sacó su smartphone e hizo una nota para acordarse, después de terminar con el pedido del traje se despidieron. Helmut era una persona con muchos contactos, si alguien podía conseguir algo así, ese era él. Buscó en el bolsillo de sus tejanos hasta encontrar las llaves de su coche, arrancó y el motor de su 911 Carrera del ’84 emitió ese particular ruido. Antes del sábado hizo unas cuantas llamadas, un par de visitas y el sábado a media mañana, tal como prometió, volvió a pasar por la tienda.

Porsche 911 Carrera

Un 911 Carrera de la serie 930, muy llamativo con las típicas llantas Fuchs

–Buenos días Sra. Ferrer –saludó a la jefa del establecimiento–, ¿está Antonia?

–Buenos días Herr Schneider –ella siempre daba un trato exquisito a sus clientes, al fin y al cabo era una tienda de trajes a medida, un producto caro–. Ahora la aviso, está en el almacén.

–Danke.

Pasaron unos pocos minutos cuando salió del almacén, se saludaron y Helmut la informó de que al final tenía las entradas.

–Aquí están, dos entradas para la sesión de Monsieur Guetta. Me ha resultado más fácil de lo que pensaba conseguir los VIP. Empieza a las cinco de la tarde, pero procurad llegar con tiempo, eso se pone a reventar.

–Si, por supuesto. ¡Muchas gracias! –casi le saltó encima de la alegría que sentía por poder hacer un regalo así a su mejor amiga, pero no lo hizo, ella ya estaba casada y era feliz.

–Ah, otra cosa, cuando lleguéis, si no estoy en la puerta pregunta por mí y os acompañaré.

Ese mismo sábado por la tarde llegaba María al aeropuerto de Ibiza, y cuando se encontraron en la puerta de las llegadas no comprendía esa sonrisa que su amiga le guardaba todo el rato, sabía que estaba tramando algo, pero no conseguía resolverlo. Salieron esa misma noche de copas, disfrutaron de su amistad, brindaron una y otra vez como lo habían hecho en el pasado, pero ni así consiguió averiguar nada. El fin de semana pasó rápido y el domingo, antes de despedirse, Antonia le soltó:

–Mañana por la tarde tengo fiesta, ponte elegante, tengo una sorpresa –con eso, su amiga se imaginaba algo, pero estaba lejos de acertar–, te recojo a las dos y vamos a comer.

El lunes fueron juntas a comer, pero no se entretuvieron y eso preocupaba y mucho a María «¿a qué venía tanta prisa? ¿No tienes fiesta por la tarde?», eran preguntas que se hacía. Ella ya había estado antes en la isla, en 2004 celebró allí su graduación en derecho, se conocieron en una fiesta y entablaron una muy buena amistad y al año siguiente cuando volvió de nuevo en verano conoció a quien sería poco después su marido y quien desde hacía dos años era su ex, un publicista francés esclavo de su trabajo y su coche. Cuando el taxi en el que iban se dirigió por la carretera de la Platja d’en Bossa empezó a ver la luz a tanta intriga, pero aún faltaba el detalle final. Cuando bajaron del taxi frente a la discoteca, eran las tres y media de la tarde, María preguntó en la puerta por Helmut, esperaron unos instantes hasta que apareció y las acompañó hasta la zona VIP.

–¡Hala tía, qué pasada! –gritó completamente superada por la emoción mientras agarraba del brazo a su amiga–, ¡es la fiesta de mi DJ favorito!

La fiesta, como es habitual, estuvo a la altura de lo esperado en un acontecimiento como este y María parecía tocar el cielo con los dedos, estaba muy emocionada con este regalo, realmente necesitaba un momento así después de esos últimos dos años. Se lo pasaron en grande hasta pasada medianoche, cuando terminó el espectáculo y el martes fue un día de recuperación; playa y tiendas por la tarde era el mejor plan, ya habían quedado para el miércoles ir a comer juntas y celebrar su aniversario. Era casi la una de la tarde que llegaba a la tienda cuando se detuvo un momento, antes de entrar, mirando un llamativo deportivo que había aparcado en frente, aunque en realidad el coche no le interesaba y sólo le llamó la atención un adhesivo en la luna trasera. Cuando cruzó la puerta se encontró con quien las acompañó el lunes hasta la zona VIP de la discoteca, que para ella sólo era un alemán de metro ochenta y cinco, se saludaron y le dio las gracias por la fiesta del lunes.

–Vaya, ¡menuda mirada le has pegado!

–Bueno, el tío está cañón –afirmó mientras, con la vista, lo seguía saliendo de la tienda hasta que le vio subir al Porsche en el que unos instantes ella se había fijado–. ¿Ese coche es suyo?

–Que te interesa, ¿el coche o él? O quizás sean ambas –le soltó mientras le brindaba una sonrisa muy pícara–. Si quieres otro día te lo presento, es un buen cliente de la tienda.

–No, ahora no estoy para aventuras, ya sabes lo de mi ex. Además, mi padre está enfermo…

–Si, es verdad que me lo contaste, pero si cambias de opinión dímelo ¿eh?

–Es que antes de entrar me fijé que el coche lleva un adhesivo de una tienda de clásicos de Barcelona, que resulta ser la misma donde mis padres compraron el Mustang y me pareció curioso.

–Puede que fuese dónde lo compró, sé que antes vivía allí.

Estuvieron un buen rato hablando de todo ello mientras iban de camino a algún sitio para comer. Por si acaso, Antonia durante los días siguientes insistió un poco en hacer de celestina, pero su amiga no se mostraba muy dispuesta a ello. Se despidieron el sábado por la tarde en el aeropuerto, antes de volver a casa; acababa de pasar una semana fantástica en Ibiza, aunque suene un poco a folleto de propaganda, y tenía ganas de volver pronto.

¿Quizás iba a replantearse lo de conocer un poco más a Helmut? Quién sabe cuantas sorpresas guardaba todavía la isla.

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