La Cabra

Habían sido cinco meses de una búsqueda intensa, llamando a un montón de números de teléfono, enviando e-mails a lo largo y ancho de la geografía española más un buen puñado de visitas a domicilio. Mario llevaba tiempo pensando en invertir en un coche clásico, y aunque le gustaría adquirir ciertos modelos con pedigrí de competición, su presupuesto no llegaba para tanto pero disponía de opciones para iniciarse en el mundillo. Al principio estuvo valorando la opción de comprar un Mini, quizás un Cooper, pero los que llegó a ver o no estaban en condiciones, y no estaba dispuesto a invertir dinero en restauraciones que luego se complican, o simplemente los precios se volvían un poco exagerados a su parecer. También se planteó la compra de un Escarabajo, pero aquí se repetía la situación con el anterior e incluso se veía acentuada.

Fue después de una visita frustrada, durante una cálida mañana de mayo interesándose por uno de esos VW cuando, en ese mismo cobertizo, observó un 2CV. No estaba en muy buenas condiciones, y de hecho ni se preocupó en interesarse por él, pero cuando volvía a casa en su moderno y confortable Serie 3 se dio cuenta de una cosa, a su BMW le faltaba el carisma que tenía aquel curioso Charleston que un buen día, hacía ya tres décadas, sus padres albergaron, por primera vez y durante cinco años, en el garaje de casa y del que guardaba muy buenos recuerdos. Lo vendieron cuando él tenía doce años, y ahora que le faltaban a penas dos meses para cumplir los treinta y siete, de golpe sentía cierta nostalgia de ello.

Cuando por fin llegó a casa, Cecilia, su pareja, ya había vuelto del trabajo. Estaba por las mañanas, de lunes a sábado, como empleada en una tienda de ropa de una conocida marca que llenaba de frescura y color cada uno de sus diseños, y ese sábado había sido muy movido puesto que se acercaba el verano y era momento de llenar los armarios de ropa ligera. Ella acababa de salir de la ducha en el momento que Mario cruzaba la puerta de entrada, se saludaron con un apasionado beso y empezaron a hablar.

–Cómo te ha ido hoy en la tienda, ¿mucho trabajo?

–La verdad es que estoy muy cansada, ha sido una auténtica locura toda la mañana. Casi se puede decir que hemos vendido más hoy que en rebajas –afirmó ella–. Y ese Escarabajo que ibas a ver hoy, ¿qué tal?

–No muy bien que digamos, pedían dos mil quinientos euros por otra chatarra, la gente realmente vive en una nube –agitó la cabeza expresando su incredibilidad–, pero vi algo que me hizo pensar. ¿Te acuerdas que te conté lo del Dos Caballos que tuvieron mis padres?

–Si, el Charleston, ¿por qué?

–Pues que ese hombre tenía uno, allí debajo de un cobertizo, pero el coche estaba en bastante mal estado y ni tan siquiera pregunté por él. Pero entonces me acordé de esas tardes en el coche de mis padres, cuando salíamos al campo de excursión o cuando cruzando el pueblo mi madre movía con intensidad el volante, de un lado para otro, y el coche se tambaleaba como si fuera una barca, pero el coche seguía recto como una flecha. Y después de tanta decepción viendo auténticas chatarras, y algunos coches demasiado sobrevalorados, tuve una repentina nostalgia…

Y entre tanto recuerdo, ella le interrumpió.

–Entonces, ¿por qué no buscas uno de esos? A mí ese coche siempre me ha sido simpático. No es muy lujoso ni muy potente, pero ya sabes que a mí un coche mientras me lleve de un sitio para otro, lo demás poco importa.

–¿De veras te gustaría? La verdad es que hasta ahora no me lo había planteado seriamente, pero sería divertido.

Citroën 2CV6 Charleston

Citroën 2CV6 en su versión más carismática, la Charleston

–Pues claro, y supongo que también hacen encuentros de clásicos de ese coche, que es lo que querías –dijo ella, envuelta en una repentina nube de ilusión–.

Ese sábado terminaron de comer un poco tarde, hablando larga y tendidamente del tema, sentados en el sofá del acogedor salón abrieron el portátil y empezaron a buscar por la red. Después de ver las primeras opciones, hablaron de qué presupuesto querían disponer, y visto como estaba el mercado en general, y el del 2CV en particular, acordaron un máximo de cuatro mil euros. Los había de mayor precio, pero buscando un poco mejor y negociando bien, estaban seguros que con ese tope sería más que suficiente.

Las siguientes dos semanas fueron un poco de locura, pues Cecilia tuvo mucho trabajo en la tienda y Mario, que trabajaba en una empresa que montaban escenarios y stands para ferias, tuvieron que montar estructuras para tres eventos en sitios bastante dispares. Desde Barcelona tuvieron que desplazarse a Bilbao para una feria y un par de conciertos en Valencia. Eso entretuvo un poco el asunto del “Deuche”, que era el sobrenombre con que se conocía al coche sobretodo en Francia, pero después de ese pequeño período de tiempo bastaron un par de llamadas para dar con un ejemplar muy interesante. El coche se encontraba un poco lejos, en un pequeño pueblo rural cerca de Barbastro, pero se organizaron para ir un sábado que ella tenía fiesta a principios de junio. Antes le habían hecho un buen montón de preguntas al dueño, acerca del estado del vehículo, ITV y un largo etcétera. Si iban a desplazarse hasta allí necesitaban asegurarse, tanto como les fuera posible, que el viaje merecería la pena. Las respuestas parecían coherentes, y el hombre se mostró siempre amable y dispuesto a dar la información, y al final se entendieron para organizar la visita.

Al final llegó el día, y después de casi tres horas de viaje llegaron al destino. Era media mañana del sábado seis de junio de 2015 cuando, por fin, aquella aventura de encontrar un clásico llegaba a su punto culminante. Quedaban veintidós días para el cumpleaños de Mario, y ese podía ser su regalo. Estuvieron charlando un buen rato con Quique, salieron a dar una vuelta de prueba y de nuevo en la finca de ese simpático campesino hablaron del precio. En principio pedía cuatro mil, pero teniendo en cuenta que había alguna ligera abolladura y que la sencilla tapicería se encontraba un poco desgastada, con el añadido que la pareja venía de bastante lejos, llegaron a un acuerdo por tres mil quinientos euros. No era el mejor trato de venta posible, pero al fin y al cabo era un buen precio.

Sobre las ocho de la tarde, de vuelta a Rubí que es donde vivía la pareja, después de conducir durante más de cuatro horas a un ritmo muy tranquilo y sin sufrir ningún tipo de percance, el simpático utilitario descansaba en su nuevo hogar, donde arropado por el cariño de la nostalgia de Mario, sin duda estaría en muy buenas manos.

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