Mrs Robinson

Después de una semana de mucho trabajo, el domingo por la mañana Louise se fue a casa de su hermano porque necesitaba hablarle de una idea que a ella y a su marido les rondaba por la cabeza hacía tiempo.

–¿Qué te pasa, Louise? ¿Qué es eso que querías contarme?

–Sabes, hemos estado hablando con Sam lo de irnos a vivir a Barcelona, y ya lo tenemos decidido, cuando la niña termine el curso nos mudamos.

–Bueno, si eso es lo que queréis hacer, vosotros sabréis –se mostró un poco molesto por la decisión de su hermana, necesitaría buscar a alguien para sustituirla y llevar el papeleo del garaje, y no sería tarea fácil.

Louise Bell, que ese era su nombre de soltera, trabajaba como administrativa con su hermano Anthony en el taller de coches clásicos que él tenía en las afueras de Gloucester, y como buenos británicos que eran, a parte de tratar con clásicos como MG, Triumph y muchos otros, estaban especializados en Jaguar.

Después de esa charla, Louise y Sam Robinson hicieron alguna visita al consulado español en Londres para organizarlo todo, deberían encontrar una escuela para la pequeña Cecilia pero también necesitarían alquilar un piso y tenerlo todo en orden, fueron tres meses muy intensos. Sam era vendedor en un concesionario de coches en el centro de la ciudad y siempre era el que mejores números llevaba a final de mes para la empresa, así que no dudó en pedir algunos días de fiesta, los necesitaba.

Originarios ambos de Gloucester, los Robinson llegan a Barcelona el verano de 1985 para pasar las vacaciones y conocer la ciudad, y repitieron visita los dos siguientes veranos. Sin duda les encantaba la arquitectura modernista pero también el sol del Mediterráneo y las fantásticas playas de la Costa Brava, que poco a poco iban conociendo; en contraposición al clima más húmedo de su tierra. Y es por eso que al final tomaron esa decisión, pero también se sentían atraídos por el fenómeno olímpico que allí se empezaba a vivir, desde que fuera nombrada sede olímpica para los juegos del ’92. Ese empuje olía a negocios y dinero, y era una buena oportunidad para probar algo que ambos ya llevaban algún tiempo pensando en hacer. Finalmente, y después de varios viajes durante esos meses, en julio de 1988 se instalan definitivamente en un piso de alquiler con la pequeña Cecilia que en marzo había cumplido siete años.

Al poco tiempo abrieron una tienda de coches clásicos, aprovechando el auge que aquí se empezaba a vivir entonces por esos automóviles, y la bautizaron con el nombre de Mrs. Robinson Vintage Cars. La segunda mitad del nombre evidentemente explicaba el tipo de producto que iban a tratar y la primera, simplemente, les pareció simpático que el trato que recibía Louise en su Inglaterra natal se correspondía con la famosa canción de Simon & Garfunkel, esa que acompañaba a la película de El Graduado en la que parte del protagonismo se lo llevaba el Alfa Romeo conducido por un joven Dustin Hoffmann; lo cual al fin y al cabo encajaba en cierta medida con el motivo de ser del negocio.

Poco a poco empezaba a funcionar, y gracias al contacto que tenían con el garaje del hermano de Louise, podían dar buen servicio a los coches clásicos ingleses que había por la zona, que por entonces no eran muchos pero poco a poco iban apareciendo. Eso les permitió salvar los primeros meses, al tiempo que comenzaban a llegar nuevos clientes buscando coches de diferentes procedencias, ya fueran alemanes, italianos, ingleses naturalmente, y hasta algún pedido más exótico para importar desde de los Estados Unidos. Y así, paso a paso, aparecían por las carreteras algún modelo de Ferrari poco conocido por la zona, Porsche y Mercedes traídos directamente de Alemania; desde el otro lado del charco llegaban los ruidosos Corvette, Camaro o Pontiac TransAm y los aparatosos Cadillac de proporciones descomunales. Al año de inaugurar las cosas marchaban a buen ritmo, y haciendo publicidad en revistas especializadas conseguían atraer potenciales compradores de otras partes del país donde todavía el mercado no estaba tan cubierto.

Y gracias a uno de esos anuncios, una tarde de finales de mayo de 1990 recibieron una llamada de alguien con una idea muy definida.

–Buenas tardes, estamos buscando un clásico y hemos oído hablar de ustedes, a ver si nos pueden ayudar.

–Naturalmente, ¿en qué están pensando?

–Pensamos en un Mustang, a poder ser de finales de los sesenta. Nos gustaría tener información sobre qué hacer para importar o lo que sea necesario.

Después de hablar casi media hora, quedaron para verse el sábado veintiséis de mayo. Ese día los cinco miembros de la familia Sánchez-García salieron desde Múrcia con su 131 Familiar con destino Barcelona, iban a pasar el día, conocer un poco la ciudad pero, sobretodo, a cumplir con un sueño. Todo se desarrolló con rapidez, encontrando uno en Alemania, y tres semanas después pudieron volver para recoger su flamante “nuevo” Mustang, un precioso Coupé Hardtop verde del ’67 con el que Martín cumplía su doble sueño: tener ese coche y compartirlo con su mujer.

Ford Mustang

Cuando los Robinson les entregaron el coche y conocieron la historia que había detrás, se sintieron orgullosos de haber llegado a Barcelona y hacer que se cumplan sueños como estos, y les pidieron poder colgar en la oficina la foto de ese momento, era hasta la fecha la entrega más especial que habían hecho. Gracias a historias como esta, la tienda ganó un poco más en popularidad y al caballo americano le siguieron muchas otras entregas. Algunos pedidos eran muy exigentes, pasaban los años y la gente entendía mucho más, tenían muy claro lo que querían, como un cliente inglés que residía en la zona y les había hecho ya un par de encargos. El primero de ellos fue un Aston Martin DB5, y tenía que ser gris como el que conducía James Bond en las primeras películas, quizás este fuese de los más difíciles de los primeros años.

La tienda funcionaba bien, y el pequeño taller que tenían al principio para hacer los mantenimientos habituales se amplió para poder realizar restauraciones, porque también había quién quería algo más. Como cuando llegó un cliente que les había comprado un Lamborghini Urraco (otro de los encargos difíciles) y que en cierta ocasión, participando en una carrera de clásicos, destrozó todo el frontal al salirse de pista.

«¿Como se puede tratar así a estas obras de arte?» Se preguntaba Sam, cada vez que veía entrar por la puerta del taller un camión grúa. No pasaba muy a menudo, pero pasaba.

Hacía un par de meses que alguien les había vendido un Porsche 911 que seguía en la tienda y hasta la fecha nadie se había interesado por él, hasta que un lunes de octubre de 1997 entró por la puerta un alemán de pelo rubio y que debía medir más de metro ochenta, era joven y parecía un atleta. No dudó ni un instante de lo que quería.

–Estoy interesado en ese Carrera, el de las llantas doradas –afirmó dirigiéndose al vendedor en cuanto le localizó.

Estaba claro qué era lo que quería, era la primera vez que pasaba por allí y no dudó en entrar, estuvo unos cinco minutos mirando sólo ese coche aunque había otra unidad del mismo modelo justo al lado. Hablaron de los detalles técnicos que dan valor a un coche así, y en menos de una hora ya habían concretado el precio.

–Le llamo cuando tengamos el cambio de nombre hecho –le propuso Sam a su nuevo cliente–, antes de que termine la semana.

–De acuerdo, hasta entonces.

Porsche 911 Carrera

El sábado por la mañana salía de la tienda un nuevo cliente satisfecho, Helmut acababa de comprarse su Porsche 911 Carrera que tanto había deseado desde que viera uno por primera vez en su Múnich natal, y ese incluso se le parecía mucho en el color.

–Has visto Louise, otro cliente que cumple sus sueños –dijo con profunda satisfacción.

Mientras, la pequeña Cecilia iba creciendo y los veranos los pasaba en casa de sus tíos de Gloucester junto a su prima Emily, que había nacido cuando ella ya vivía en Barcelona. Unos años más tarde conocería a Mario, él había pasado una semana de vacaciones en Londres y de vuelta a casa, en el aeropuerto mientras esperaban para recoger las maletas, empezaron a hablar. Unos años más tarde se juntaron y, aunque Cecilia no compartía la afición a los automóviles tan frecuente en su familia, su pareja en cambio si que sentía esa misma pasión y decidieron comprar uno.

–Así que no encontráis nada que os convenza. ¿Por qué no le dices a tu chico que le podemos ayudar?

–Ya se lo he dicho, mamá, pero ya sabes como es, le gusta hacer las cosas a su manera.

–Si claro, como quieras, pero si no encuentra lo que busca, recuérdale que aquí estamos.

Al fin, Mario pudo encontrar lo que quería, y fue por casualidad y sin necesidad de recurrir a sus suegros, se había salido con la suya. Pero la tienda seguía adelante, funcionaba a buen ritmo, habían hecho buenos contactos y seguían colaborando con el hermano de Louise en Inglaterra.

Pronto recibirían un nuevo encargo, uno de esos en los que no se puede fallar.


Nota: El logo de “Mrs Robinson Vintage Cars” así como el nombre son creados por el autor para el relato de la obra.

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