L’enfant terrible

Jean-Luc Leblanc, divorciado y sin hijos, afrontaba un nuevo viernes que se presentaba bastante complicado. A las nueve de la mañana debía reunirse con su socio, Alain Deschamps, y ultimar algunos detalles para la presentación de la campaña otoño-invierno de una importante cadena de tiendas de ropa. Juntos fundaron, hacía tres lustros, una agencia de publicidad en el centro de Niza que poco a poco se convirtió en una agencia de referencia en la zona, y ahora tenían ante sí una de las más complejas campañas que habían realizado jamás. Después de casi cuatro meses de intenso trabajo, había llegado el momento de presentar a su cliente todo el trabajo ya en su fase final: flyers, carteles en tienda, catálogos y, cómo era natural a estas alturas del s. XXI, una serie de Apps para smartphones y una página web completamente renovada, para que los clientes de la tienda (presentes y futuros) pudieran ver todo el catálogo, consultar precios, ofertas y finalmente comprar sin moverse de casa.

Estuvieron reunidos poco más de una hora comentando esos pequeños detalles que, una vez reunidos con el cliente, marcan la diferencia entre unos pocos toques en la espalda o una buena encajada de manos al terminar.

–Yo empezaría por la app de compra online –decía Alain, más preocupado por convencer pronto–, y que les brillen los ojos.

–¡No! –gritó Jean-Luc– Vamos a ir paso a paso, primero les enseñamos el diseño de los flyers y carteles, seguimos con los catálogos, con mucha más información –sabía perfectamente cómo ganarse la confianza del cliente, sin duda–, y para terminar les hacemos las demostraciones con las apps e internet. Eso nos va a marcar la diferencia, ¡créeme!

–Quizás tengas razón –asintió su socio, con cierta resignación–, lo siento, es que tengo ganas de terminar con esta campaña.

–Ya lo sé amigo mío, créeme, yo también. Pero no podemos apresurarnos, llevamos demasiado tiempo persiguiendo una oportunidad así. Vamos a conseguirlo, ya lo verás.

Tenían a su disposición un buen equipo de trabajo, habían reunido a gente con mucho talento y se entendían muy bien entre ellos, un equipo de quince personas que hacían bien su trabajo y que ya habían recibido algún reconocimiento en forma de premios. Finalmente se enfrentaban a la prueba más difícil, un contrato que les iba a proporcionar muy buen nombre y una suculenta recompensa económica, así que la presión era máxima a seis semanas de empezar la campaña. Habría cosas a modificar, seguro, y todavía quedaría por delante llevar a imprenta la parte más clásica, todo aquello que iba en papel.

Llegaron a las oficinas de su cliente a la hora convenida, las diez y media, provistos de todo tipo de cosas, desde maquetas en papel hasta el portátil con todo el prototipado de la web y las aplicaciones móviles, junto con un montón de notas. Esperaron pacientemente a que les recibiera el equipo de marketing, y una vez fueron presentados empezaron con la exposición. Pasadas dos horas y media, todo parecía estar ya bien definido cuando, como por obra de algún duende gracioso, la demostración con la web se torció.

–Entonces, si yo pido ese traje de 150 € ¿el sistema me va a cobrar casi el doble?

–Que el sistema le va a cobrar… –tuvo que hacer una pausa, no se dio cuenta del error que aparecía en pantalla cuando aplicaba el descuento–.

–¿No me dijiste que eso estaba arreglado? –le recriminó Jean-Luc, llevándose las manos a la cabeza lleno de asombro– Por favor, dime que está todo bien. ¡Dímelo!

En ese instante, los nervios se apoderaron de la sala, nadie parecía entender que había pasado, y lo que era peor, nada parecía funcionar.

–No se preocupe Monsieur Prevost, vamos a solucionar esto. Tiene mi palabra –afirmó sin dudarlo ni un instante, saliendo del asombro inicial por el terrible error de su compañero Alain–.

–Está bien, hemos visto todo el trabajo y nos gusta, pero debe estar todo arreglado el martes a mediodía. No puede haber retraso alguno, de lo contrario van a tener que asumir responsabilidades –sentenció el director de marketing–.

Llegaron al despacho cerca de las dos de la tarde, se reunieron con el personal implicado para resolver el problema detectado, y acordaron en emplearse a fondo durante el lunes para solucionar y comprobar, una y otra vez, todo el entorno de la página web. Se despidieron deseándose un feliz fin de semana y Jean-Luc se dirigió hacia su casa en las afueras de Niza a bordo de su moderno Mercedes. Un coche que sin duda era confortable, un muy buen coche y él lo sabía perfectamente, pero ahora lo que necesitaba era otra cosa.

Renault 5 Turbo 2

Renault 5 Turbo 2, el utilitario que enamoró en los rallies de los ’80.

Cuando por fin llegó a casa y abrió la puerta del garaje se alegró de ver de nuevo el único bien por el que su mujer, un par de años atrás, no había luchado cuando se divorciaron. En un rojo intenso estaba ahí, esperando el momento de entrar en acción, el espectacular Renault 5 Turbo 2 que había comprado unos tres años atrás. Guardó el Mercedes, entró en casa y se puso ropa cómoda, volvió de nuevo al garaje y empezó su particular ritual que tenía con el coche antes de sentarse. Dio una vuelta alrededor del coche, empezando desde la puerta del conductor y siguiendo por el frontal yendo hacia el lado derecho mientras acariciaba la carrocería con su mano derecha, hasta volver al punto de partida, abrió la portezuela para sentarse y ponerse los guantes de piel que guardaba en la guantera. Puso la llave en el contacto y arrancó el motor, lo dejó al ralentí unos instantes, calentándolo con ligeras aceleradas y, pasados más o menos dos minutos comprobando todos los indicadores, empezó el viaje a la cima.

Había sido un día más duro de lo que él pensó que podía ser al levantarse, y ahora necesitaba evadirse, así que condujo con la máxima suavidad hasta Sospel, a menos de una hora de camino. Llevaba las ventanillas bajadas a media altura para refrigerar el caluroso y pequeño interior, el calor que desprendía el poderoso motor de 4 cilindros turbo era sofocante, y más todavía a principios de agosto. Las primeras gotas de sudor comenzaron a aparecer, pero eso poco le importaba cuando ponía rumbo a uno de los pasos de montaña más míticos del Rallye Monte-Carlo. El pequeño pero ancho supervitaminado utilitario francés ya se encontraba en su hábitat natural, Jean-Luc dió inicio a un laborioso trabajo de precisión, manteniendo el coche firme en la trazada con constantes cambios de marcha. Segunda, tercera, cuarta, otra vez tercera y segunda, y subir de vueltas de nuevo; acelerador y freno en perfecta coordinación para ganar velocidad y detener a tiempo los poco más de 900 kilos de peso antes de tomar la siguiente curva, y vuelta a empezar la misma secuencia. Embrague, marchas arriba y abajo, golpe de acelerador y freno, el sudor ahora ya era intenso, fruto del calor ambiental y el esfuerzo físico que le exigía su “Enfant Terrible”, que así era como bautizó a su coche desde el primer momento que tuvo oportunidad de conducirlo. Después de veinticuatro quilómetros de duro trabajo de compenetración hombre-máquina, llegó a la cima, había conquistado una vez más el famoso Col de Turini, lugar de culto para los amantes a los rallies. Al llegar arriba aparcó en la explanada, salió del coche y arrodillado se santiguó, daba gracias a Dios por ofrecerle esa fantástica oportunidad. Tomó una toalla que llevaba en una mochila que siempre dejaba en el habitáculo, se secó el sudor e inició el camino de vuelta por la otra vertiente, bajando por La Bollène hasta llegar de vuelta a casa.

Ahora ya estaba en paz consigo mismo, ya podía relajarse hasta la próxima vez.

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