Mi primer Sport Coupé

La experiencia vivida en junio de 1990, y sin haber cumplido todavía los diez años, se podría decir perfectamente que marcó de una forma definitiva la vida del pequeño Abel. Cuando poco a poco iba aficionándose al mundo del motor, esos meses ayudando a su padre a buscar su coche soñado y finalmente el viaje en familia para visitar la tienda de clásicos, despertaron en él algo más que una simple afición. Aquella primera visita a esa tienda, después de ver allí un par de Triumph TR4, un Pontiac TransAm y un elegantísimo Jaguar XK120 en color rojo cereza, le causó una admiración definitiva hacia el mundo de los clásicos. Ya no podría borrar de su cabeza esa imagen, y cuando fueron por segunda vez a Barcelona a buscar el coche y hacer el viaje de vuelta junto a su padre en el Mustang, eso ya no tenía precio.

Ese mes de junio no cabe duda que dejó huella, y lo hizo hasta tal punto que tuvo claro que cuando fuera mayor quería dedicarse a arreglar y mantener esos automóviles tan pasionales, tenía que ser algo más que su pasión. Pero como la vida a veces parece seguir sus propias reglas sin que a penas tengamos opción para decidir si aceptamos o no, hubo otro momento que le marcó cuando, en septiembre del ’92 al comenzar séptimo de EGB, llegó una nueva chica a clase.

–Chicos, chicas, os presento a vuestra nueva compañera de clase –anunció la profesora–. Se llama Carolina Redondo y nos acompañará desde hoy.

Quedaba una silla vacía un par de sitios a la izquierda de donde se sentaba Abel, y ese sería el sitio que ocuparía a partir de ese momento la recién llegada. Para su edad era una chica más bien alta, con una melena rubia que le llegaba casi a la mitad de la espalda, acentuando esa sensación de altura. Se fijó en ella de tal forma que Carlos, su compañero de mesa, se dio cuenta.

–Qué chaval ¿es guapa, eh?

–No está mal, es alta y tiene buen tipo –comentó un poco nervioso.

Después de eso, no tardó mucho en circular el rumor de que a Abel le gustaba la recién llegada. Carlos no lo podía evitar, era el bocazas de la clase y le costaba mucho callarse las cosas, y es por eso que Abel siempre le guardó las distancias, nunca se sintió cómodo a su lado. Al año siguiente por suerte, cuando empezaron octavo, ese compañero que quería estar en todo y siempre estaba de más repitió y se quedó por el camino.

El veintiséis de octubre de ese mismo año, y como regalo por su décimo tercer aniversario, Abel recibió un vale muy especial.

–Si en junio lo apruebas todo como hasta ahora –anunciaba su padre, al instante que le hacía entrega del vale–, te dejaré conducir el Mustang.

–¿De verdad? –evidentemente eso le hacía mucha, muchísima ilusión.

–Pues claro. Tu madre está de acuerdo, ya buscaremos un sitio tranquilo donde ir para hacer practicas.

Esa misma tarde antes de entrar en clase estuvo hablando un rato con Lina, que así es como a Carolina le gustaba que la llamaran, para contarle ese fantástico regalo que acababan de hacerle. Le hacía mucha ilusión y quería compartirlo con alguien, y sabía muy bien que ella no iría por ahí contándolo a los demás porque había una especie de química entre ellos dos. Al finalizar octavo y con todo aprobado, llegó el momento de recoger el regalo, fue un momento muy especial ya que el coche acababa de cumplir cuatro años en la familia y ahora era nuevamente objeto de atención por un aniversario tal como lo fuera entonces. Salieron a dar una vuelta buscando las calles sin tráfico de un polígono en domingo, y esa mañana quedó grabada en su memoria.

Después de eso él siguió estudiando, quería cumplir su objetivo de vivir cuidando de esas joyas mecánicas que tanto apreciaba, pero de momento todo lo que consiguió cuando terminó los estudios fue encontrar trabajo como aprendiz en un pequeño taller, y por allí todo lo que pasaba eran los utilitarios, todo terrenos y furgonetas de los de cada día. Él quería algo más y después pasó por algún otro taller, aunque no muy diferentes al primero, pero una tarde después de hacer el mantenimiento a un humilde Citroën AX de color blanco, entró por la puerta del taller alguien que venía a buscar ese coche, era una mujer de larga melena rubia.

–Abel, ¿eres tú?

–¡Lina! –se acercó a ella, y sorprendido de verla exclamó– ¡Wow!

Hacía ya seis años que terminaron EGB y desde entonces no se habían vuelto a ver, cada uno siguió su camino con los estudios perdiendo el contacto, y naturalmente ambos habían cambiado, eran mayores y ella ahora era una atractiva mujer de veinte años y metro setenta y dos de altura. Esa química que hubo entonces, por algún motivo seguía presente, hablaron un buen rato hasta que alguien desde lo más profundo del taller interrumpió gritando.

–¡Abel! Venga, menos hablar que hay trabajo que hacer.

–Si, si, ya voy. Perdona, pero creo que debería ir. ¿Por qué no quedamos después y hablamos? Salgo a las siete.

–Me gustaría, pero hoy no puedo. Si quieres nos vemos el sábado por la tarde.

Esos fueron probablemente los dos días más largos que tuvo Abel hasta entonces, pero por fin llegó esa tarde, fue una cita genial para ambos y desde ese día empezaron a salir juntos, tenían muchas cosas pendientes que contarse. Ella era de Múrcia pero había estado viviendo fuera seis años. Cuando regresaron a Múrcia en 1992 su hermano mayor no vino con ellos, para entonces ya tenía su vida en el pueblo donde habían estado viviendo cerca de Barcelona; y Lina ahora, ocho años después, ya estaba en la universidad a punto de sacarse la carrera de económicas.

En febrero de 2003 él finalmente consiguió un trabajo en un concesionario de coches multimarca, era otro ambiente al que estaba acostumbrado hasta entonces, pero podía tratar con automóviles de mayor categoría y eso le gustaba más. Ella para entonces ya había terminado la carrera y tenían más tiempo para estar juntos, así poco a poco fueron haciendo planes.

Pasaron cinco años, Abel era bueno y se sentía bien allí; pero aunque en el trabajo estaban contentos con su entrega, hacía unos días que andaba un poco perdido, era como si su cabeza no estuviera todo el tiempo presente y eso no ayudaba. Una mañana su jefe le llamó a su despacho.

–Sabes que estamos satisfechos con tu trabajo, pero llevas unos días un poco raro. Tus compañeros se quejan que no atiendes y tienen que ir repasando todo lo que haces. ¿Qué te pasa? ¿Tienes algún problema?

–Disculpe, Sr. Gutiérrez, no volverá a ocurrir –Abel estaba un poco nervioso, no estaba acostumbrado a que le llamaran desde dirección–. Es que mi novia y yo…

–Oye, no me interesa si tu novia y tú tenéis problemas –le interrumpió su jefe–. Pero procura que a partir de ahora no te afecten en tu trabajo, tenemos un nombre, y hay que mantenerlo.

Pero lo que el Sr. Gutiérrez no sabía todavía era los planes que realmente el chico y su novia tenían en mente, y que últimamente habían tenido despistado a Abel. Hacía un par de meses que estaba viviendo con ella, ambos tenían trabajo y ahorros, y acababan de firmar la hipoteca de un piso, pero sus planes iban un poco más allá. En mayo, apenas un par de meses después de esa charla con su jefe, una mañana pidió hablar con él.

–¿Puedo pasar? –preguntó Abel, al tiempo que llamaba a la puerta del despacho.

–¡Adelante!

–Disculpe si le interrumpo, pero es que es importante. Desde la última vez que hablamos aquí –se sentía un poco inseguro, lo que iba a decir era importante para ambos–, bueno que quería decirle…

–Venga chico, que tengo muchas cosas que atender –su jefe se estaba poniendo un poco nervioso–. ¿De qué se trata?

–Que me marcho. Voy a abrir un taller, orientado a los coches clásicos, ya sabe que en casa tenemos uno y siempre he sido aficionado a ellos –en frente tenía a alguien que no daba crédito a lo que oía.

Eso pilló un poco desprevenido al Sr. Gutiérrez, aunque en cierto modo siempre sospechó que algo así sucedería con él. Tres meses después, y gracias al apoyo de su compañera Lina, hizo realidad una vieja aspiración. A primeros de septiembre de 2008 abría un taller dedicado al cuidado y mantenimiento de coches clásicos, había puesto mucha ilusión en ello y sus padres le ayudaron económicamente para lograrlo. La inauguración la hicieron un sábado por la tarde, que pudieran venir amigos y conocidos, y cuanta más gente mejor. Después el boca-oreja debería hacer el resto.

Mi primer Sport Coupé

La versión más deportiva del pequeño Seat 850.

A los pocos días entró por la puerta del taller un coche y Abel, muy emocionado, después de hacer la recepción buscó con prisas en su móvil.

–¡Papá, papá! ¿A que no adivinas qué coche tengo en el taller?

–Vaya, tu primer cliente chico, ¡felicidades! Dime, ¿qué tienes?

–Acaba de venir un hombre con un Seat 850. No es como el que tenías, el tuyo era un D, ¿verdad? Este es un Sport Coupé, pero me ha hecho gracia y quería decírtelo.

Y de esta forma daba comienzo una nueva historia, que de alguna forma volvía a sus orígenes para seguir adelante.

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