Night of the Knight

El verano de 2001 empezó muy fuerte para mucha gente, pero especialmente para dos personas muy distantes y, al mismo tiempo, muy próximas. La tarde del 4 de julio salía del aeropuerto internacional de San Francisco un avión con destino a Madrid y en él viajaban Steven y Edward, primos que por circunstancias eran como hermanos, y cuyo objetivo para la siguiente semana era básicamente llegar a Pamplona y disfrutar de las alocadas fiestas de los sanfermines, como hacían tantos visitantes llegados de todo el mundo. Habían oído hablar de esa particular celebración por algún conocido que había estado allí, y Ed una vez le prometió a su primo que cuando cumpliera los dieciocho le llevaría, iba a ser algo grande que tendrían para compartir toda su vida. El vuelo llegó al aeropuerto de Barajas puntual y sin problemas al mediodía del día siguiente, era la primera vez que hacían un vuelo transoceánico y llegaron con un jet lag muy acusado, aunque todavía les quedaba el transbordo. Pero poco importaba porque no tenían intención de dormir mucho durante las fiestas, con lo que aprovecharon la llegada a la pensión para recuperar horas de sueño y llegar al Txupinazo con las pilas cargadas.

Night of the Knight

La Volkswagen T1

 

Casi al mismo tiempo que ellos llegaban a Barajas, desde Múrcia salía una simpática Volkswagen T1 con el mismo destino. En ella iban dos amigas, se conocían desde cuarto de EGB y habían llegado a vivir tantas cosas juntas que ahora estaban dispuestas a compartir uno de esos veranos geniales. En Pamplona se encontrarían con unas amigas que conocieron en verano unos años atrás, con las que mantuvieron el contacto y que ahora les habían invitado a pasar esas fiestas cuando quisieran (o pudieran, claro).

–Venga mamá, una semana, sólo te pido una semana. Es que Ainhoa y Maitane, esas amigas de Pamplona que conocimos hace un par de años en vacaciones, nos han invitado a Míriam y a mí a pasar con ellas los sanfermines.

–Bueno hija pero, ¿quién me ayudará con la tienda, esos días?

–Pero si en julio no hay tanto trabajo, seguro que te puede ayudar mi hermana un rato.

–De acuerdo, pero prométeme que antes de irte dejarás todo el papeleo de la tienda bien organizado, ¿vale?

–Gracias mamá –se echó encima de ella, abrazándola con todas sus fuerzas–. ¡Te quiero!

Por delante les esperaba un buen rato de carretera a Noelia y su amiga, la Volkswagen pedía tranquilidad porque no era precisamente lo que se dice un vehículo rápido, pero tampoco tenían prisa, cuando llegasen a casa de sus amigas empezaría la fiesta.

Cuando por fin Ed y Steve llegaron a la pensión donde se alojarían, más de un día después de haber salido de San Francisco y subir a dos aviones, sólo tenían ganas de descansar, se tumbaron un buen rato y por la noche salieron a cenar intentando asimilar los horarios y costumbres de la zona. Encontraron un sitio cerca de la plaza del ayuntamiento que les pareció bien, unos pinchos y unas cervezas serían suficientes para ir tomando el pulso a la fiesta. Al cabo de un rato entraron cuatro amigas, a cual más sonriente, y se sentaron a un par de mesas de donde estaban ellos.

–Eh chicas, ¿habéis visto a esos dos? No parece que sean de por aquí.

–Pues claro que no son de por aquí, Noelia. Nadie es de por aquí estos días. ¿Qué quieres? Si hasta Míriam y tú parecéis guiris, que vais todo el tiempo mirándolo todo con curiosidad.

Steve se encontraba demasiado ocupado intentando comprender alguna cosa, y sobretodo acostumbrando su cuerpo al nuevo horario pero Ed, que si hablaba español, intentaba escuchar todo a su alrededor aunque con cierto desfase en el tiempo de su cuerpo. Aún así, estaba claro que esas cuatro chicas, o por lo menos una de ellas, habían captado su atención porqué oyó perfectamente su comentario. Cuando un buen rato después ellas ya habían terminado de cenar, Noelia se dirigió a la barra para pedirse algo de beber. Casi al mismo instante se le acercó un chico de metro ochenta, uno de esos dos ocupantes de la mesa a la que había hecho alusión con su comentario momentos antes.

–¡Hola!

–Hola –respondió ella con la voz entrecortada por la sorpresa de verle allí, a su lado.

–No he podido evitar escuchar a ti –intentaba explicarse, con marcado acento– Mi nombre es Edward, de San Francisco, California. Ed, si lo prefieres.

–Vaya, tanto gusto –le acercó la mano y se presentó–. Yo me llamo Noelia. ¿Hablas español?

–Bueno, un poco –él también le dio la mano–. ¿Mañana vas al Txupinazo?

–No, ahí entre tanta gente nosotras, ¡no!. Lo veremos en televisión, en algún bar, y después ya decidiremos a dónde vamos.

Estuvieron menos de diez minutos hablando, su primo se estaba impacientando en un ambiente en el que no entendía nada, y el cuerpo le pedía un buen descanso; se acercó a la barra para interrumpirles y le pidió para ir a dormir. Quedaron para encontrarse la noche siguiente en el mismo sitio, aunque ella no le aseguró nada, y se despidieron. Al reencontrarse con sus amigas, naturalmente quisieron saberlo todo.

–Vaya, parece que ya has conocido al extranjero que querías –comentó con cierto sarcasmo su amiga, ya que durante el viaje en la Volkswagen ella había mostrado mucho interés en conocer a alguien de fuera.

Al día siguiente, con la plaza del ayuntamiento llena hasta la bandera como de costumbre, los dos turistas americanos estaban allí metidos como sardinas en lata, disfrutando del clímax de la multitud mientras esperaban el momento definitivo, el inicio oficial de los sanfermines. Fue una jornada muy calurosa, y por la tarde se volvieron a la pensión para darse una ducha y cambiarse. Ellas, en cambio prefirieron estar más tranquilas, o como mínimo sin sufrir tanto calor, sentadas en algún bar disfrutando de la locura colectiva desde cierta distancia y llegar más descansadas a la noche. Fueron a cenar a algún sitio, cualquiera les servía, y después volvieron al mismo bar de la noche anterior para tomar algo y, sobretodo, porque tenían curiosidad por ver que pasaba con su amiga y el americano. Los dos, ajenos a la curiosidad de los demás, estuvieron hablando un buen rato hasta que se juntaron todos y poder así vivir las fiestas en grupo. Incluso Míriam, que hablaba inglés, llegó a flirtear un poco con Steve durante esos días, pero ella era seis años mayor.

Él le contó cual era el vínculo que le unía a Steve, cuando aquella fatídica tarde del martes 17 de octubre de 1989 perdió a sus padres. Fue durante el terremoto que afectó a la bahía de San Francisco, cuando ellos volvían de casa de su tía Elizabeth y se encontraron atrapados por el hundimiento del puente de Cypress Street mientras él estaba en casa de un amigo para ver el partido de béisbol después del colegio. A los trece años se quedó huérfano y lo acogieron sus tíos en Oakland y así desde ese momento Steve, que era siete años más joven, se convirtió en su hermano, aunque en realidad fueran primos.

–¿Así que te llamas Knight? –a Noelia le hizo gracia esa coincidencia–. Como ese joven solitario en un coche lleno de luces.

–Si, ¿y sabes otra curiosidad? Nací el mismo día que se fundó Apple, el 1 de abril de 1976, y ahora estar de ingeniero de sistemas, pero para otra empresa.

Al final de esa semana en Pamplona, ambos supieron que cuando se separasen no se iban a sentir muy bien, sería como si les faltara algo. Se telefonearon bastante y él la invitó a pasar acción de gracias con su familia, allí en California, propuesta que no dudó en aceptar y el miércoles 21 de noviembre viajaba a pasar ese fin de semana, para estar de vuelta el domingo a media mañana. Durante los siguientes años, unos cuantos vuelos en ambos sentidos unieron sus vidas hasta tal punto que ella finalmente se fue a vivir un tiempo a San Francisco, eso sucedió en junio de 2006. Por entonces ya había aprendido inglés para poder encontrar trabajo allí, pero aunque su madre pudo contratar a alguien para ayudarla en la tienda durante un tiempo, deseaba poder volver. Eso entraba en conflicto con lo que sentía por Edward, pero ambos se querían, y ahora que su hermana también se había ido a vivir al extranjero después de conocer un francés en Ibiza, en diciembre de 2007 viajaron los dos a Múrcia para pasar las navidades. Después de hablarlo bastante y valorar muchas cosas, en enero él viajó solo a los Estados Unidos, estaría un par de meses para arreglar algunos asuntos y estar de vuelta en marzo para quedarse a vivir junto a su prometida. De esta forma ella estaría junto a sus padres y él, a punto de cumplir los treinta y uno y con una profesión con mucho futuro, montaría un negocio de consultoría de sistemas informáticos, seguro que trabajo no le faltaría.

A finales de ese mismo año, durante las navidades, se produjo el anuncio oficial.

–Mamá, Papá, en mayo Ed y yo –hizo una pausa mientras enseñaba orgullosa el anillo de prometida– ¡nos casamos!

Una noticia que, sin duda, llenó de alegría la Navidad de los Sánchez-García. Aunque María no estaba, si que vino con Jean-Luc para celebrar el fin de año, sabía que habría boda en mayo de 2009 y no quería perderse por nada del mundo la oportunidad de felicitar en persona a su hermana.

 

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